El verano, ¿momento de reflexión?

Una de las cosas que más me gustan del verano es la de olvidarme del reloj.

No sé si os pasa a vosotros, pero desde que tengo uso de razón, el verano, además de ser el momento deseado por la llegada de las vacaciones y el tiempo libre, es un parón en la rutina diaria, donde suelo reflexionar sobre lo que estoy haciendo y lo que me gustaría hacer.

Para mí, septiembre es el mes donde arrancan nuevos proyectos y retos. Os puedo asegurar que esto no me pasa cuando llega el Año Nuevo. Sé que no le ocurre a todo el mundo, lo más común, es que estas reflexiones se realicen en enero.

Tal vez sea porque me he pasado toda la vida estudiando y la vieja costumbre del inicio de curso en septiembre se ha quedado perpetua en mi organización mental. También porque tras el verano, llego con las pilas recargadas para el regreso a la rutina (aunque el primer día de trabajo sea como andar sobre un suelo de pinchos) y con ganas de comenzar los proyectos.

¿Tú también reflexionas sobre tus proyectos personales en verano? Me refiero a durante los días largos y calurosos, ya sea frente al mar o la montaña, o tras regalarte una buena siesta veraniega, si te planteas todo lo que quieres hacer de una manera más relajada, sin el estrés ni ansiedad que supone el día a día. En mi caso, la falta de tiempo es mi pesar, por eso, ya estoy planificando cómo quiero que sea mi verano. Desde luego, no faltarán libros y mi intención es leer al menos cinco. ¿Cumpliré mi reto?

 También escribiré, aunque sean doscientas cincuenta y tres palabras al día que son las que llevo escritas hasta ahora.

 Consultaré el wasap solo una vez al día. En su lugar, miraré más el cielo. Contemplaré el mar, de día y de noche. Andaré por un sendero que me lleve a un prado de vacas, a una montaña, a un bosque o a una playa. Disfrutaré de la comida. Desayunaré sin prisa y si es posible leyendo. Hablaré con más calma. Escucharé con más atención a los demás y me llenaré de vivencias, de todas las que pueda. Y mientras disfrute de todo esto, pensaré, pensaré qué es lo que quiero y en septiembre pondré el motor en marcha para conseguir llevar a a cabo lo propuesto.

Feliz verano.

Relato: Los días iguales

Arrastrando los pies y soportando el peso de la palangana repleta de sábanas y toallas, Cándida se dirige hacia el balcón. Mira los geranios y recuerda que tiene que regarlos. Abre el gran ventanal y se da cuenta de la suciedad impregnada en el vidrio. «Ahora cuando tienda, lo limpiaré», piensa mientras un olor a tierra húmeda le llega desde el exterior.

Antes de que otro pensamiento cruce su mente, coge las pinzas y extiende la ropa en el tendedero, una prenda tras otra, sin pausa hasta que la palangana queda vacía y la retira a un rincón.

Entra en casa y de camino a la cocina, observa las manchas resecas en el mantel donde una hora antes se ha cenado. «Se me olvidó pasar el trapo», se reprocha. Dos sartenes con restos de aceite y pescado reposan en la bancada de la cocina y Cándida sabe que no se acostará sin fregarlas. Un par de envoltorios de caramelos en el suelo la obligan a agacharse y justo cuando va a levantarse, siente una punzada en los riñones.

La basura debe sacarla de casa, el calor no es amigo de los desperdicios orgánicos.

Tropieza con un juguete, se agacha de nuevo y lo recoge. Otra vez la punzada, esta vez más fuerte.

«Esta semana voy al médico sin falta», se dice poco convencida.

Aún tiene que preparar la comida del día siguiente.

Está muy cansada, pero la obligación de acabar las tareas pendientes le empuja a continuar. Recuerda los años de crianza de sus hijos. Con treinta años menos todo lo veía hecho. Ahora se le hace una montaña.

Sobre el aparador del salón, la imagen de su marido le sonríe, y le recuerda que nunca estuvo sola.

Suena el móvil, es un mensaje de su amiga Annet. “ El fin de semana nos vamos al casino de Velert” ¿Te vienes?

Cándida contesta: «No puedo». «Es el aniversario de mi hija y yerno, me quedo con los nietos».

Envía el mensaje mientras imagina lo divertido que sería pasar dos días junto a sus amigas del pueblo.

Sin pensar demasiado, vuelve a la cocina, llena el cubo de agua y friega el suelo con lejía.

Mira el reloj colgado en la pared del pasillo, son ya las once y media. La serie que tanto le gusta ya ha terminado. Se mete en la cama y siente el cuerpo dolorido. Se dice a sí misma que debería descansar algo más, pero suelta una breve carcajada.

Se levanta, se toma un analgésico, se tumba y se deja vencer por el sueño.

Suena el despertador, abre los ojos. Hace un gran esfuerzo por levantarse, tiene tiempo para ducharse y disfrutar del desayuno. Hoy se hará unas tostadas con mantequilla y mermelada.

El móvil suena, es una de sus hijas. «Mamá, Pablito está con fiebre y hoy no va a la guardería, te lo acerco en diez minutos.»

Cándida, de pie en la cocina, con un café y dos galletas ya sabe cómo va a ser el nuevo día. Será muy parecido al de ayer, y poco distinto del de todos los días.